martes, 17 de octubre de 2017

Una muy singular precuela (primera parte).



     Cuando Netflix estaba aún a meses de entrenar su serie ambientada en el universo de Viaje a las Estrellas (Star Trek: Discovery), me decidí a verme de una vez, ahora completa, el anterior show televisivo de la franquicia (pues hace años ya, y más encima aún en la época del VHS y grabado del cable, solo había llegado hasta el principio de su segunda temporada).  Titulado en un principio como Enterprise y posteriormente a partir de su tercer año agregada la palabra genérica de Star Trek a su nombre, se trata de un programa que cuenta eventos transcurridos antes de la misma serie original, que sucede durante el siglo XXIII y por ello mismo esta otra se encuentra ambientada en el siglo XXII. 
     Teniendo en cuenta los antecedentes de la trama de esta obra, es considerable dentro de su desarrollo el hecho de que sus episodios muestran los comienzos de la exploración humana del espacio, pocas décadas después de lo mostrado en el filme Star Trek: First Contact.  Siendo los vulcanos la primera raza alienígena con la que los terrestres tuvieron comunicación, al menos de manera documentada públicamente en cronología trekker, su argumento gira en torno al comienzo de la estrecha relación entre ambas especies tan distintas entre sí; de este modo, en sus dos primera temporadas, resulta ser un gran atractivo la importancia que se le da a esta sociedad, que tal como queda demostrado en la serie, se encuentra llena de complicaciones por parte de los recelos de ambas partes.
      El futuro (“pasado”) que nos representa esta historia, no es tan amable como el creado por Gene Rodenberry en los años sesenta, cuando por medio de su mirada positiva a través de una sociedad cosmopolita y tolerante, quiso dejarnos claro que en la diversidad era posible llegar al mejor de los entendimientos en pro de un bien común.  En este sentido, Enterprise se acerca más a lo visto en Star Trek: Deep Space Nine, la tercera producción de la franquicia (si se obvia el recordado cartoon de los setenta, en la práctica el segundo programa de la saga, que pese a su enorme calidad dramática, no está considerado dentro del canon oficial), ya que regresa a su mirada más aguda acerca del devenir de nuestra raza, aunque tampoco perdiendo las esperanzas en lo mejor de la humanidad.
      Pues resulta que los vulcanos si bien tienen todas las más nobles intenciones con los humanos, a quienes en la práctica han apradrinado, en realidad aún  los ven como “niños”, ya que debido a la naturaleza más pasional nuestra, consideran que aún no estamos preparados para salir hacia el exterior y conocer otras civilizaciones.  Es así que los vulcanos tienen gran influencia sobre la Tierra, inmiscuyéndose en sus asuntos, lo que en todo caso ha traído desconfianza por parte de algunos en el planeta hacia los “orejudos”.  Sin embargo la llegada de dos razas de las que nada se sabía (al menos por parte de los hombres), una de ellas nada menos que los mismísimos klingons, provoca que salga la primera nave terrestre en poseer velocidad warp 5, con el propósito de evitar un conflicto de tremendas proporciones.
       Para la misión, es elegido nada menos que el capitán Jonathan Archer, hijo del científico que fue frustrado por parte de los vulcanos para usar la tecnología que desarrolló y que podría haber acelerado el proceso de la exploración espacial humana.  Por lo tanto, este tiene grandes rencores con los vulcanos y, sin embargo, a regañadientes debe aceptar que una representante de esta especie, lo acompañe a él y a su tripulación a la tarea que se le ha encomendado.  Como era de suponer (teniendo en cuenta además la impronta de una figura como el célebre señor Spock, conocido incluso por quienes nunca han visto la serie original y siendo, sin dudas, uno de los personajes de la cultura audiovisual más destacado del siglo XX), la extraterrestre que lo acompaña, T´Pol, termina por convertirse en un miembro valioso de este primer Enterprise y, más encima, en una de sus mejores amigas.
      El resto de los navegantes son humanos, si bien el médico de abordo es el otro alienígena que va con ellos, aunque en esta ocasión se trata de alguien más sociable y alegre, el denovulano Plox.
      Luego del éxito de la primera misión de Archer y los suyos, se le concede el honor del ser el primer capitán terrestre en liderar una nave que consigue salir más allá del sistema solar, iniciando con su viaje la hermosa premisa de la serie original:

      “El espacio, la última frontera. Estos son los viajes de la nave estelar «Enterprise», en una misión que durará cinco años, dedicada a la exploración de mundos desconocidos, al descubrimiento de nuevas vidas y nuevas civilizaciones, hasta alcanzar lugares donde nadie ha podido llegar.”

      Teniendo en cuenta la época retratada por este programa, todo transcurre antes de la llamada Federación Unida de Planetas, de modo que si bien humanos y vulcanos trabajan juntos (bueno, hasta cierto punto), aún no se han creado las alianzas con otros pueblos que ya conocíamos en los tiempos de Kirk.  Por lo tanto, las aventuras vividas por Archer resultan ser, sin dudas, la semilla de la mancomunidad que ha sido tan bien abordada en las otras producciones que le precedieron; de este modo, cada contacto con alguna otra raza, puede ser considerado como la antesala a esta soberbia institución. 
       Valioso resulta ser el detalle, de que además muchos de los elementos que dimos por supuesto a partir de lo establecido por Gene Rodenberry y otros guionistas con Star Trek: The Original Series, en Enterprise es mostrado como algo que solo se va ganando con el paso del tiempo.  Por lo tanto todo se trata del esfuerzo de sus responsables, aun cuando ello signifique cometer errores y aprender de ello.  Es así que como todavía no se ha instaurado la citada Federación, todavía no existe la llamada Primera Directiva, que restringe a su gente para entrar en comunicación con pueblos, que aún no han conseguido cierto nivel de logros técnicos (esto es, usar tecnología warp para realizar viajes espaciales a velocidad considerable), lo que provoca varios de los entuertos más interesantes expuestos en sus episodios.  De igual manera, las famosas tecnologías del transportador y el traductor universal (tan caros a este show), recién están siendo usados casi de manera experimental.  Mientras el primero de ellos solo en ocasiones muy especiales se usa con personas, el segundo poco a poco va perfeccionándose y antes de ellos no posible entenderse siempre con los demás. 
        Así como los vulcanos poseen un papel destacado en la serie, no podían faltar los klingons, ya que no podían faltar en un programa que se jactara de seguir (aunque de manera “revisionista”) lo hecho por aquellos que le antecedieron.  De este modo, en al menos las dos primeras temporadas, se establecen los orígenes de la enemistad con el orgulloso imperio klingon, el que con posterioridad gracias a lo representado en el hermoso filme Star Trek: The Undiscovered Country, se volvería en otro valioso aliado para la Federación.  Muchos son los capítulos que tratan acerca de las difíciles relaciones, con culturas tan opuestas como la vulcana y la klingon, retratadas gracias a esta serie como verdaderas sociedades alienígenas, con sus propios códigos éticos, que enriquecen sin dudas esta mirada al pasado de lo que ya conocíamos. 
        De igual manera, la reutilización de una especie clásica y llamativa como los andorianos, que de forma lamentable fue desperdiciada incluso en la serie de los sesenta que les dio forma (y en la práctica olvidada por las siguientes), viene a ser uno de los puntos más altos de Enterprise.  Pues desde su primera aparición en esta versión más “moderna”, de tan rico universo ficcional, el contraste con sus enemigos jurados que vienen a ser los mismos vulcanos, lleva los guiones a un nuevo nivel de crítica social, que desde los tiempos de Rodenberry ha sido la marca de todo Star Trek…Y es que tal como queda demostrado, desde el piloto de esta quinta serie, los vulcanos no son tan elogiables como creíamos, ya que nadie es perfecto y tampoco podemos olvidar que con la inteligencia también viene la soberbia.   Volviendo a los andorianos, el más destacado de estos viene a ser interpretado nada menos que por todo un veterano, Jeffrey Combs, actor con roles destacados en el pasado para la franquicia y recordado por sus despiadados Brunt y Weyoun en Star Trek: Deep Space Nine, un ferengi y un vorta respectivamente (dos razas famosas en Viaje a las Estrellas, así como estos mismos personajes y que tantos gratos momentos dieron a los seguidores); pues esta vez, bajo el rol del comandante Shran, logró otorgarle el realce a esta especie que nunca antes había tenido en pantalla (bueno, apoyado además por sólidos guiones).


     
        Si bien aparecen un montón de nuevas razas en Enterprise, se quiso dar en el gusto a los “viejos” fanáticos Star Trek, haciendo que intervengan algunas otras “clásicas”, pese a que en términos de la cronología del canon, estas aún no hubiesen entrado en contacto con humanos y vulcanos.  Es así que en la primera temporada, salen menos que los ferengis, mientras que en la segunda, nos reencontramos con otros de sus grandes villanos: romulanos y borgs.  La ingeniosa forma en la que se hace esto posible, sin que los protagonistas sepan quiénes son en realidad, hace aún más atractivo ver estos antológicos episodios.
       Asimismo, para hacer todavía más interesante ver este show, por parte de los trekkers más acérrimos, se contrató a varios actores que ya tenían papeles en el pasado en sus anteriores series.  Pese a que el maquillaje los hace por completo irreconocibles a la mayoría, bien basta con fijarse en el elenco de los artistas invitados, para volver a gozar del talento de gente como Fionnula Flanagan (quien salió tanto en Star Trek: The Next Generation, como en Star Trek Deep Space Nine) en Héroe Caído y Ethan Phillips (Neelix, uno de los protagonistas de Star Trek: Voyager) en Adquisición, ambos capítulos de la primera temporada; con posterioridad, Robert O'Reilly en Recompensa y   J.G. Hertzler en El Juicio, de la segunda temporada, interpretaron cada uno a un klingon, especie que los hizo famosos en sus anteriores incursiones para Star Trek, como Gowron y Martok respectivamente.
       De igual manera en la dirección, participaron cuatro actores de las series precedentes: LeVar Burton (Geordi la Forge en Star Trek: The Next Generation), Roxann Dawson y Robert Duncan McNeill (B´Elanna Torres y Tom Paris, respectivamente, ambos de Star Trek: Voyager) y Michael Dorn (el popular Worf de Star Trek: The Next Generation y Star Trek: Deep Space Nine) y quienes si bien ya habían incursionado en el pasado, tras las cámaras para el universo trekkie televisivo, sin dudas que volvieron a ser llamados como otro guiño a los fanáticos más leales.
       Mucho aún hay por contar de este programa que duró cuatro temporadas, emitiéndose entre el 26 de septiembre de 2001 y el 13 de mayo de 2005, con un total de 98 episodios (de puros malvados no llegaron a los míticos 100… ¡Así los pille Nyarlathothep!).  No obstante dejaré para una segunda y última entrada el resto, que tengo aún pendiente verme la cuarta temporada y prefiero revisar con una mirada más amplia esta serie, una vez que le dé término.


                                                     Intro primera y segunda temporada.

jueves, 12 de octubre de 2017

Y ahora con ustedes… ¡MI POST N° 500 del Cubil del Cíclope!


     He esperado con ansias este momento, quizás aún con mayor intensidad que cuando se viene un nuevo aniversario de esta página.  Y es que creo que llegar a este número en “solo” 7 años de existencia, no es para menos, sino que es el resultado de una disciplina que me he autoimpuesto a costa de varias cosas (por lo general, tiempo para descansar en algo que también me gusta harto: ver alguna peli o serie, leer algún libro o cómic; o simplemente, echarme una buena siesta, incluso salir de casa a despejarme).  Quienes me conocen bien y en especial quienes leen este blog que hago con tantas ganas (por lo general no se unen ambos aspectos, supongo que me entienden), tienen claro que hoy en día esta página me da muchas satisfacciones; me estoy refiriendo al gozo de poder compartir con otra gente las ideas que se me vienen a la cabeza, cuando disfruto de alguna obra o algún recuerdo importante para mí, que quiero plasmar al lenguaje escrito.  No sé si ya lo he dicho antes por acá: si soy profesor, es porque me gusta divulgar a otros o transmitir, mi amor por todas esas historias y personajes que me son imprescindibles para mi felicidad…Y lo mismo hago, incluso de manera más satisfactoria, a través de estos textos.
      A medida que se acercaba este momento, me pregunté más de una ocasión sobre qué versaría esta entrada, algo que en lo posible fuese diferente al resto de los nuevos centenares de textos que se agregaban a mi listado de trabajos.  Si hago memoria, mi primer “número 100” fue sobre una emotiva novela corta de Orson Scott Card,  anclada en su ciclo de Ender (uno de mis héroes literarios favoritos y además salido de la imaginación de mi segundo escritor predilecto): Guerra de Regalos.  Fue la primera ocasión en la que hice algo para el Cubil del Cíclope sobre este valioso autor.  Recuerdo que era verano, hacía mucho calor y aún no salía de vacaciones, tras un memorable año como docente en un colegio al que quise mucho y que lamentablemente ya no existe. Esta historia navideña fue además mi reencuentro con Ender, además de que me sirvió para terminar justo ese año del que les cuento, más o menos en la misma época navideña.   Esa entrada data del 13 de enero de 2013, más de un año y medio después de haber comenzado este proyecto.
       Se suponía que mi segunda centena, estaba dedicada al primer y más grande (según mucha gente) superhéroe de los cómics: Superman.  Correspondiente a la sexta entrega de mi serie sobre mis 10 superhéroes favoritos, en dicho escrito vertí buena parte del conocimiento que por aquel entonces tenía sobre el kryptoniano.  Me requirió harta labor ordenar toda la información que manejaba, que en todo caso estaba seguro (y aún pienso igual), que para nada soy un experto respecto a su cronología y detalles relacionados.  No he realizado tantos post sobre Kal-El, como de otros justicieros que se han ganado mi corazón (Batman, Hulk y Spiderman).  La fecha de esta entrada corresponde al 27 de mayo de 2014, poco  más de un año después del texto sobre la historia navideña de Card, lo que deja constancia del considerable incremento de posts que fui realizando y subiendo a partir de aquella época, más o menos.  Pues resulta que Guillermo, el mismísimo de la Guillermocracia (cuando era un asiduo visitante a mi blog), me hizo ver en un comentario de que en realidad era el texto N° 201, razón por la cual al anterior a este le correspondía el honor de ser el N° 200: La Fe y la Ciencia en “Contacto” de Robert Zemeckis. Llevado a cabo en plena Semana Santa, más bien dicho durante su fin de semana, a través de él quise expresar mi admiración sobre una de mis cintas de cabecera (y debo decir, que estoy muy orgulloso de lo hecho al respecto).
        El 25 de octubre de 2015 llegué al post N° 300, que en tal ocasión fue acerca de la serie de televisión Sense8, que recién había visto en su primera temporada y me había fascinado.  La verdad es que esta era la segunda parte de un díptico sobre tal programa, que sin dudas me “había dejado loco”, puesto que además se trataba del regreso a la pantalla chica de uno de mis guionistas preferidos: Michael Straczynski.  A partir de esta tercera centena de entradas a la fecha, las que le siguieron (incluyendo, por supuesto, esta misma que leen ahora), han calzado justamente con el mismo mes de cada nuevo año.
       Para el 20 de octubre del año pasado, volví a escribir sobre una novela de ciencia ficción, si bien en esta ocasión se trató de una novela de un autor que nunca antes había leído y que más encima se trataba de su opera prima: Ready Player One de Ernest Cline.  Recomendada por mi amigo Iván Piñeyro, me la regaló junto a su esposa María Elena, una de mis mejores amigas.  Ambos ya por tradición me han dado como obsequio una genial obra de la literatura en mi cumpleaños, que yo feliz he leído, pues confío plenamente en el criterio estético que poseen.  Debido a ello, cada año le he dedicado un post a los libros que me han dado, verdaderas joyitas dentro de la llamada “literatura de género”.  Y sin dudas que esta obra en particular, es toda una caricia a la mente de los ñoños de nuestra generación, que ahora esperamos con muchas ganas la película pronto a estrenar y hecha por Steven Spielberg.  Por todo lo que significó para mí esta obra, decidí que mi entrada al respecto calzaría con tal número 400.
        ¿Sobre qué versaría esta vez un número tan importante? ¡500 es una cantidad bastante considerable! Así que debía ser algo especial esta vez.  No quería repetirme con una novela y sobre una serie ya había hecho algo antes.  Lo que más me arrastraba a escribir sobre algo que en realidad me había fascinado mucho, era una increíble novela gráfica del Caballero Oscuro: All Star Batman & Robin de Frank Miller y Jim Lee…Pero ya con mi texto sobre el Azuloso había hecho algo de este tipo…¿Sobre una película? Bueno, en realidad mi trabajo sobre la ya citada Contacto, que siendo más precisos sí fue el post N° 200, trató sobre un filme y de ciencia ficción más encima.  Considerando entonces todas estas entradas conmemorativas, incluyendo la del Hombre de Acero, tenían que ver sobre historias de ciencia ficción…Así que algo sobre sustos, monstruos y terror (lo que más me gusta), era la mejor opción…
        Entonces se me ocurrió hacer algo por completo distinto: un recorrido por cada una de esas maravillosas centenas, sin dudas que el fruto de mi pasión y mi dedicación.  Es algo que me hace feliz, todo esto en realidad, y como siempre me siento movido a compartir estos recuerdos con ustedes.
        Comencé este blog rescatando mis trabajos antiguos hechos en especial para esa gran revista virtual que es Insomnia, el formidable legado de mi amigo Ricardo Ruiz.  De igual manera agregué algunos otros escritos míos de antaño y luego, poco a poco, le fui tomando el gusto a esto de hacer trabajos originales para el Cubil. 
         Les puedo contar que dentro de las temáticas más abordadas en mi página, se pueden encontrar también otros números interesantes: a la fecha, por ejemplo (y en orden alfabético), 83 para Batman, 2860 sobre cine, 193 de cómics, 68 acerca del tema de la religión en general y el cristianismo, 98 acerca de cómics DC, 23 elegías (o sea, textos en honor a la memoria de algún artista que se haya ganado mi corazoncito), 33 sobre Lovecraft, 43 para Hulk, 22 acerca de Juego de Tronos, 30 que tengan que ver con la comunidad LGTB, 238 acerca de literatura, 27 en torno a los Vengadores, 28 para esa gran serie que es Maestros del Horror, 97 sobre historietas y/o personajes de Marvel (parece que me he vuelto más marvelita, que deceísta), 27 con elementos de Memorabilia (o sea, sobre mis recuerdos…Bueno, en ese caso, esta misma entrada es la número 28), 186 para distintas series de televisión, 51 acerca de Spiderman, 33 en torno a Stan Lee, 88 en las que menciono a Stephen King en alguna medida, 33 para los vampiros, 32 por Wolverine, 30 para Wonder Woman, 26 que traten acerca de los X-Files y 43 que tengan que ver sobre los X-Men.  De seguro se me han olvidado agregar varios posts, en especial los más antiguos, a tales calificaciones, pero al menos ya se pueden hacer una idea.
      Entre los post más populares, algunos llevan años destacados, siendo estos los siguientes: Los Caballeros del Zodiaco y el Lienzo Perdido (12466 visitas y/o lecturas), la novela Boleros en la Habana de Roberto Ampuero (6028), las dos primeras cintas de Frank Darabont sobre alguna obra de Stephen King, Sueños de Fuga (1079) y La Milla Verde (4551), la novela gráfica Hiketeia de Wondy (2309), mi primer texto acerca del sitcom The Big-Bang Theory (1607), la obra maestra de Mary Shelley Frankenstein (1499), el personaje de Constantine (1630)y el cartoon Batman el Valiente (2440) y mi texto acerca del valor de los superhéroes (2753), entre los que más llevan tiempo entre los más leídos.  Lástima que la cantidad que les he confesado, no sean acompañadas por comentarios y/o seguidores.
       Aún tengo mucho de lo que hablar en el tiempo a futuro y espero que cada uno de los textos que aquí subo, al menos para alguien para valga la pena.  Pues siempre escribo con el corazón, que si no fuese así, me dedicaría a otros menesteres.
       Muchas gracias a quienes me han acompañado a lo largo de estas “primeras” 500 entradas (si bien algunos de los que me seguían en el pasado, se perdieron por ahí y de ellos nunca más volví a saber).  El tiempo ha pasado tan rápido y sin embargo ha sido casi toda la vida de mi regalón Amilcar, quien el 14 del mes pasado no más cumplió 8 años.  Aún recuerdo cuando era más chiquitito y lo sentaba en mis rodillas para escribir con él varios de estos textos; a veces lo tenía acostado cuan largo era en aquel entonces, moviendo una pierna, mientras le cantaba para hacerlo dormir y a la par me dedicaba a mis posts.  En cambio con Brunito, lejos más inquieto que su hermano mayor, no puedo avanzar mucho que digamos; las pocas veces en que lo tengo a mi lado, si bien sentado en mi cama jugando o viendo algo en la tele, tengo que estar atento a que no vaya a hacer alguna maldad.  En todo caso, ambos son mis mayores “musos” y en cuanto a Amilcar, ya tiene alguna idea de que poseo un blog, haciéndome a veces preguntas al respecto.
       Bueno, ya es hora de dar término a este escrito e ir en pos de los próximos 500 siguientes.  Nos vemos pronto (espero) por estos lares.

Brunito y Amílcar, mis dos superhéroes favoritos.

lunes, 9 de octubre de 2017

Otra mirada literaria destacada al mito del vampiro.


1- Primeras palabras.

     Desde niño me han atraído los vampiros (bueno…y los hombres lobos), supongo porque como muchas otras personas comparto la atracción por la idea de la inmortalidad, aunque a ello sumado la noción de la eterna juventud. Lo anterior si dudas que tiene relación con mi lado más hedonista, mi predilección por la belleza y, teniendo en cuenta además el tipo de chupasangres que más me gustan, el interés hacia una sexualidad y una sensualidad desbordante.  Por supuesto que también disfruto con las historias de estos hijos de la noche en la variante nosferatu, verdaderos monstruos nocturnos que para nada pueden ser consideradas como “bestias bellas”, aunque no se produce el mismo nivel de identificación con sus otros parientes.
     Mi primer acercamiento al subgénero desde el punto de vista literario, fue a través de la que sería considerada como la más grande obra de Stephen King al respecto: Salem´s Lot y que leí con el bello recuerdo de la miniserie que apenas pude ver de niño en los ochenta.  Esta novela del principio de la carrera profesional de mi escritor favorito, me dejó preparado para un montón más de grandes novelas y cuentos de este estilo, siempre ávido de nuevas narraciones de calidad, que satisficieran mis morbosos intereses. 
      Y así fue que al poco tiempo después conseguirme el libro arriba mencionado (¿O tal vez fue antes de ello?), llegó hasta mis manos el especial de mi recordada Fangoria, dedicado a los vampiros. Pues en un listado contenido dentro de sus páginas, venían comentados nada menos que las mejores novelas al respecto, ordenados de manera cronológica y comenzando, por supuesto, por el mayor clásico respectivo: Drácula de Bram Stoker.  Tal cual si fuese toda una biblia para mí, procuré conseguirme todos los nombres mencionados, labor que en todo caso me ha costado llevar a cabo, si bien me ha llenado de satisfacciones: Soy Leyenda de Richard Matheson, Entrevista con el Vampiro de Anne Rice, El Ansia de Whitley Strieber y La Luz al Final del Túnel de John Skipp y Craig Spector.  Bueno, no los leí en ese orden, aunque sí los he mencionado según fueron publicados.  Algunos otros de los recomendados aún no han pasado por mis manos, que al parecer no han sido traducidos al español y en un caso en especial Lost Souls (bajo el nombre en nuestra lengua como La Canción de los Vampiros y luego como El Alma del Vampiro) de Poppy Z. Brite…Que me regalaron hace años para un cumpleaños y que pese a cuánto deseé tenerla, casi de manera extraordinaria he olvidado que lo tengo.
       Pues uno de esos textos considerados en tal especial, corresponde a El Tapiz del Vampiro de Suzy McKee Charnas, cuyo argumento y comentarios no dejaron de entusiasmarme, sabiendo además en esos tempranos años noventa que Martínez Roca lo había sacado en la lengua de Cervantes.  Sin embargo, me fue imposible conseguírmelo…hasta estas vacaciones de invierno, ya pasados los cuarenta y cuando buscando un regalo para el cumple de mi amiga Cecilia, me tropecé en mi librería favorita con esta obra.  Diría que vi su título de reojo o tal vez el nombre de su escritora en la portada, la que malamente imitaba el estilo tan puesto de moda por esos “vampiritos descafeinados” de la saga de CrepusCULO y en la que aparecen imágenes simplonas en rojo y negro.  La verdad es que fue como si me sintiera impulsado hacia el lugar donde se encontraba.  No dudé en comprarlo y me prometí a mí mismo leerlo dentro de un futuro lo más cercano posible…O sea, este mismo año.  Hace al menos un mes ya que me devoré esta obra y ahora por fin puedo compartir con ustedes mis impresiones al respecto.
        Años atrás ya, creo que cuando estaba terminando la universidad, tuve la suerte de que en la serie de antologías publicadas por la mencionada editorial Martínez Roca, bajo el nombre genérico de Horror (que en todo caso en su idioma original no pertenecían a una misma serie), en el número 6 venía nada menos que El Tapiz del Unicornio. Corresponde a uno de los 5 textos que comprenden su famoso libro sobre el vampiro Edward Weyland y que fue ganador a la mejor novela corta en los premios Nébula de 1981.  Como por aquel entonces era mi única oportunidad para acercarme a este escrito y a su creadora, gocé de su lectura más que muchos de los otros (grandes) relatos incorporados a dicha selección.

 2- La autora.


     Nacida el 22 de octubre de 1939 en Gringolandia, Suzy McKee Charnas es una destacada escritora de ciencia ficción, fantasía y terror.  Si bien no se le puede considerar como una artista prolífica, ha ganado importantes premios, que dejan, sin dudas, constancia de la alta calidad de sus ficciones: El Hugo, el Nébula y el James Tiptree Jr.
     Su bibliografía comprende, al menos, 3 novelas independientes y dos sagas: The Holdfast Chronicles (Caminando hacia el fin del mundo, su primera entrega, fue publicada en 1976 por la editorial Edaf y en una colección que en su momento sacó grandes obras de ciencia ficción y fantasía, que menos mal ha sido reeditada por la editorial especializada Minotauro), una tetralogía hasta el momento y Sorcery Hill, una trilogía.  Asimismo, 4 son sus colecciones de cuentos, uno de ellos editado originalmente en formato digital (Music of the Night).  Por otro lado, su libro My Father's Ghost, es una especie de autobiografía novelada, acerca de la difícil relación con su padre.
      Dentro de los temas abordados en su prosa, encontramos el feminismo, las distopías y la sexualidad. 
       Lamentablemente para el público hispano amante de este tipo de literatura, en general no es una autora conocida, puesto que salvo El Tapiz del Vampiro y su obra de ciencia ficción ya mencionada, al parecer nada más de ella ha sido traducido. 

 3- El Libro.

       Compuesto de 5 episodios que se pueden leer tanto de forma autónoma, como de manera secuenciada, ya que siguen cronológicamente la historia de su protagonista, corresponde más bien a una serie de novelas cortas, sobre un vampiro que se hace pasar por antropólogo.  Ejerciendo como profesor en una universidad, mantiene la fachada de hombre erudito y  reservado para acechar a sus víctimas.  Es así que estamos frente a un curioso caso de mimetismo predatorio, por parte de una criatura que se hacer pasar por alguien de la misma especie que persigue, que aunque se supone vive fascinada por la cultura humana (estudiándola), realmente la desprecia en una primera instancia.  La particular manera en la que el profesor Weyland vive junto al “ganado”, cobra un significativo valor a la hora de definir las distintas relaciones que para bien o para mal, llega a tener con algunos de sus miembros. 
        El vampiro es acá un sujeto con la apariencia de un hombre maduro, cercano a los cincuenta, apuesto y atlético, tal como se presentan muchas veces en la ficción este tipo de monstruos; es además alguien carente de empatía y que sin embargo no deja de ser intrigante tanto para quienes lo rodean, como para el lector.  Por otro lado, en ningún momento llegamos a conocer su pasado, mucho menos su origen, siendo que él mismo apenas sabe sobre su naturaleza e historia previa.  No obstante aún cuando el vampiro evita establecer verdadera intimidad con aquellos de quienes se nutre, el devenir de los acontecimientos va tomando un giro inesperado, que sumado cada caso a otro, determinan el sentido de todo.  Es así que pese a la personalidad distante de Weyland, este termina por sucumbir a la influencia del llamado rebaño…Pues no somos islas y para bien o para mal, somos la suma de nuestras vivencias junto a otros.
       Detalles interesantes a la hora de comparar estos relatos con la de otros del mismo subgénero, son que su protagonista no acostumbra matar a sus víctimas, sino que bebe hasta cierto punto su sangre, para “no despertar sospechas” y poder mantener su estilo de vida despreocupado; también puede exponerse a la luz del día sin contratiempos, así como al parecer es el único de su especie (de este modo, debido a tal hecho, nos encontramos con el tema de la soledad de la otredad, por ser distinto y carecer de pares, que aunque a Weyland aparentemente no le importa, hacia el impactante final de todo, tal tema cobra un valor inesperado).  De igual manera, al parecer la singularidad de la biología del vampiro se aleja de los parámetros sobrenaturales y/o místicos, para entregarnos una especie de origen relacionado con la evolución (y correspondiente mutación) de las especies.
      Los 3 primeros capítulos que integran este libro, abordan el tropiezo de una persona distinta con Weyland, siendo cada uno de estos el significativo coprotagonista de su argumento.  Lo valioso de todo esto, es que al ser tan distintos todo estos (una mujer que está en las puertas de la tercera edad, un niño cercano a la adolescencia y otra dama que se encuentra en la cuarta década de su existencia), se nos permite indagar a un nivel diferente en la intimidad del vampiro.  Posteriormente, los 2 últimos episodios, toman el punto de vista del propio vampiro, para completar la caracterización de tan llamativo personaje.  
      Todo ocurre de la siguiente forma:

·         La Mente antigua en acción: Weyland es el más nuevo y prominente docente en una poco prestigiosa universidad estadounidense, quien gracias a sus publicaciones, conferencias e investigaciones sobre el sueño ha conseguido subir algo la gloria perdida del lugar.  Sin embargo, su parco comportamiento llama la atención de la gente, pues por mucho que evite la sociabilización, tal como queda demostrado a lo largo del texto, la misma manera de cómo está compuesta nuestra especie (de la que quiérase o no depende el vampiro), deja algún tipo de huella en él.
      El comienzo de la narración, que a sí mismo es la invitación para adentrarnos en tan fabulosa ficción, no puede ser más suculento para el lector:

       “Un martes por la mañana Katje descubrió que el doctor era un vampiro, igual que el de la película que había visto la semana pasada. Un amigo de Jackson, empleado en el turno de noche de limpieza, se había dejado el paraguas en el aparcamiento de bicicletas que había ante el edificio del laboratorio. Dado que a Katje le gustaba dar un paseo en esas primeras y tranquilas horas del día, antes de empezar su trabajo, fue a ver si el paraguas estaba todavía allí. Cuando volvía a través de la espesa niebla con las manos vacías, oyó abrirse ruidosamente la puerta del laboratorio a su espalda. Se volvió a mirar.
      Un hombre salió por ella y avanzó a través del estacionamiento. Era joven y estaba bastante claro que se había herido o se encontraba enfermo, pues no tardó en vacilar y acabó cayendo al suelo, quedando con una rodilla en tierra y alargando una mano para no perder del todo el equilibrio en la húmeda y reluciente superficie asfaltada.
     Otra silueta emergió del edificio, siguiéndole y cerrando sin hacer ruido la pesada puerta. Este hombre, alto y de cabellos grises, se quedó inmóvil un segundo, llevándose a los labios un pañuelo blanco que había sido doblado hasta formar un pequeño cuadrado. Luego se guardó el pañuelo en un bolsillo y fue hacia el estacionamiento. Al pasar junto a la figura medio arrodillada en el suelo volvió la cabeza para mirarla… y siguió andando sin vacilar. Se metió en su Mercedes gris metalizado y se fue.”

      La intromisión de la experimentada Katje, en la aparentemente controlada vida de Weyland, otorga sin duda algunos de los mejores momentos del volumen.  Pues se produce entre ambos un particular duelo de voluntades, ya que la fémina se empecina en descubrir la verdad sobre su identidad, ya que lo considera todo un peligro para la comunidad.
      Un memorable comienzo es el primero de los 3 puntos de vista “humanos”, con el este retrato del vampiro va revelándose (de ahí el nombre del libro, ya que el llamado tapiz viene a ser un minucioso cuadro y/o tejido, que representa de manera exquisita lo que vienen a ser nuestras facetas más oscuras, como también luminosas, de nuestra humanidad, a través de la simbólica figura del chupasangre)…  Pues Katje, tal como él, también es una predadora, aunque de un tipo diferente.
      Si bien el propio Weyland a lo largo del tomo resulta desagradable como individuo (lo que de seguro a propósito hizo su autora), la misma Katje tampoco es una persona que pueda parecernos simpática…Y es que esta resulta ser prejuiciosa y racista, siendo que en todo caso, queda explicada en sus páginas la razón de por qué es así.  Y sin embargo, tal como sucede con el propio antropólogo, las experiencias recientes por las que pasa (y la gente con la que llega a comulgar) la convierten en alguien mejor.

·         La tierra de la satisfacción perdida: Tras los acontecimientos contados en la sección anterior, Weyland ha pasado de ser un depredador (que supuestamente se encuentra por sobre la cadena alimenticia) en una presa.  Esto, porque ahora se encuentra enjaulado, luego de haber sido descubierto por unos inescrupulosos hombres que desean sacar provecho de su naturaleza.  Y entre medio de todo esto, se encuentra Mark, un buen chico que es arrastrado en medio de todo esto y que pese a su falta de experiencia e inocencia, se convierte en una pieza clave dentro de todo lo que tiene que ver con la transformación por la que va pasando el protagonista.
      El papel de la compasión y la compleja funcionalidad de las relaciones parentales (en especial entre padres e hijos), toman un rol destacado en este apartado, ya que en cuanto a esto último, atractivos diálogos se dan entre el muchacho y su forzado huésped:

     “—Le estuve observando la primera vez —dijo Mark con voz acusadora—. Usted no quería hacerlo. Sabía que era horrible… Toda esa gente mirando…
       —¿Has visto alguna vez una turba en acción? —le preguntó el doctor Weyland —. Te asombraría saber la cantidad de fragmentos que se le pueden arrancar a un cuerpo vivo con la ayuda de un cuchillo, incluso con las uñas y los dientes, para que la gente pueda llevarse a casa recuerdos de un acontecimiento memorable. En este sitio tan pequeño cinco o seis personas ya forman una turba y yo… estaba y sigo estando fuera de los confines de la moralidad corriente. Al principio tuve miedo de lo que pudieran hacer cuando me vieran comiendo. Pero tenerte aquí ayuda. Hay cosas que les gustaría hacer y ver aparte del número principal, pero no se atreven a hablar en voz alta de las peores posibilidades teniendo a un niño delante.
       La expresión pensativa del vampiro y el que tuviera los párpados medio entornados hacían que pareciera terriblemente viejo.”

      Sobresale en esta parte del libro, la presencia del satanista Reese, quien está complotado con el tío de Mark para convertir al vampiro en todo un macabro espectáculo.  Es así que nos encontramos a través de este oscuro sujeto, con una nueva contraposición entre el vampiro y este otro, ya que si bien el primero depreda para sobrevivir, el otro lo hace por mera satisfacción.  De este modo, queda frente a la discusión preguntarse quién es en realidad el monstruo y/o villano de la historia.
      Siendo la autora una amante y una especialista en la literatura de ciencia ficción, se permite en este episodio hacer su propio homenaje al fascinante mundo de estas ficciones, convirtiendo a Mark en un seguidor de estas narraciones y haciendo que este y Weyland charlen bastante acerca de su atractivo.




·         El Tapiz del Unicornio: Este hermoso capítulo transcurre en otra ciudad, luego de que Weyland ha logrado liberarse de sus captores.  Es así que para regresar a su antiguo estilo de vida, que le permite encontrar a sus víctimas al amparo de su mascarada como hombre de ciencias, se entrega a una serie de sesiones de terapia psicológica en las manos de una especialista.  No obstante las citas entre paciente y terapeuta toman un rumbo inesperado, sacando incluso más que nunca al vampiro de su ordenado mundo y llevando a la misma psicóloga por el viaje compartido, hacia el reconocimiento de la propia complejidad de la mente y el corazón humanos (siendo justamente el vampiro, otra especie, el vehículo motor de todo este aprendizaje, quien también llega a conocerse a sí mismo).
     Si en el capítulo anterior hubo un burdo episodio de erotismo incluido dentro de la trama, en esta ocasión la sexualidad toma ribetes mucho más sublimes, pues ahora estamos refiriéndonos al encuentro entre dos almas, que en su soledad llegan a crear un verdadero nexo de reciprocidad. 
      Si Katje y Mark en sus momentos fueron presentados como personas inteligentes que llegaron a conocer a su manera a Weyland, Floria también es presentada como alguien sofisticado en el plano intelectual y con lo que queda claro que quiérase o no, este es el tipo de personas que logra atraer al vampiro (aunque no lo busque a propósito).
      Acá, en todo caso, no hay romance entre la mujer y el vampiro, que hasta el momento Weyland es incapaz de amar; no obstante, sí que se da un importante descubrimiento mutuo, que requiere de la compenetración entre semejantes o al menos entre complementarios.   De este modo, en contra de lo esperado y de la misma naturaleza desconfiada del vampiro, este comienza a contarle la verdad acerca de su identidad:

      “—Buenas tardes, doctora Landauer —dijo con voz grave—. ¿Puedo preguntarle cuál es su juicio sobre mi caso?
       —No me considero una juez —dijo. Decidió que lo mejor sería intentar que sus conversaciones se hicieran llamándose por el nombre, si era posible. Emplear el nombre de pila con este hombre de aspecto tan austero y tradicional podía parecer un tanto artificioso, pero, ¿cómo podrían lograr la familiaridad necesaria para la terapia mientras se dirigían el uno a la otra como «doctora Landauer» y «doctor Weyland», igual que dos personajes de vodevil?—. Bien, Edward, esto es lo que pienso —siguió diciendo—. Necesitamos descubrir ciertas cosas sobre ese incidente vampírico: debemos averiguar la relación que guarda con lo que usted piensa de su persona, tanto bueno como malo, y lo que pensaba entonces; debemos averiguar qué le hizo intentar «convertirse» en vampiro, aunque eso iba a complicar su vida terriblemente. Cuanto más sepamos más cerca nos encontraremos de hallar la mejor solución para que toda esa fantasía del vampiro deje de serle necesaria y no vuelva a serlo nunca.
        —¿Quiere decir con esto que me acepta formalmente en tanto que paciente suyo? —dijo él.”

      El nombre del capítulo hace mención a una famosa leyenda medieval, que en este texto cobra una muy especial configuración, donde el interés hacia lo diferente se conjuga con la atracción de los opuestos.  De igual manera, nos encontramos con la presencia de la seducción, que puede ser mortal tanto para uno como para el otro, además del sentimiento de culpa y el peligro que se esconde dentro de cada uno (por muy inocente que parezcamos a los ojos de los demás), algo sacado de la respectiva leyenda y que actualiza la Charnas.  

·         Interludio musical: El primero de los dos episodios que toman por fin el punto de vista de Weyland en la narración, si bien manteniendo la tercera persona y gracias a al cual, ahora, se nos permite conocer más que nunca la mente de tan misterioso personaje.
      Todo transcurre durante un viaje que realiza el protagonista hacia su nuevo trabajo, en otra universidad y la parada forzada que debe hacer, mientras se lleva a cabo la representación de una ópera.  La trama de esta pieza dramática musical, nada menos que Tosca de Puccini, tiene su reflejo con lo que le toca pasar acá al personaje y también con su propia existencia rodeada de vicisitudes.
      En esta ocasión, más que nunca en todo el libro, “vemos” cazar al depredador, siendo que esta vez no solo lo hace para conseguir su alimento, sino que para poder mantener su fachada.
       Si en el segundo capítulo la escritora se permitió demostrar sus conocimientos literarios y de paso hacer más de un sentido tributo al poder de las fabulaciones, en especial al de la ciencia ficción, en esta ocasión nos deja claros su interés hacia la ópera, dejándonos presente el destacado rol de la música en nuestra sociedad. Es así que la sensibilidad frente al arte, que además según el mito griego la música es capaz de dominar hasta las bestias (como también a un vampiro), toma un papel fundamental en esta obra.   Cabe recordar, por otro lado, que la misma psicóloga que tanto consiguió adentrarse en el interior de Weyland, se llamaba Flora (tal cual la heroína de Tosca), detalle que no es algo gratuito dentro de todo esto.

     “El curso que iba a seguir la cacería se fue haciendo cada vez más claro, expresándose en términos que Weyland conocía muy bien. Cuántas veces se había aproximado a una víctima actuando de la misma forma, hablando suavemente para calmarla, disfrazando su impaciencia por alimentarse con la galantería social… Una mujer perseguida en el silencio de una librería o una galería de arte… Un hombre al que había conocido en un parque… Cazar era la experiencia alrededor de la que giraba toda la vida de Weyland. Y aquí estaba esa experiencia, vista desde fuera.
       Fascinado, se inclinó hacia adelante para observar mejor la estudiada calma del cazador, la fingida tranquilidad de la presa…”

·         El final del doctor Weyland: Pese a que el título no da pie a malinterpretaciones, las aventuras de este vampiro acaban de una manera por completo diferente a lo acostumbrado.
      Ya inmerso en su nuevo hogar y trabajo, Weyland se ve obligado a dejar su absoluta parquedad y mantiene una especie de amistad con un simpático colega.  Todo va bien, hasta que llega al lugar una antigua amiga de su compañero, quien comienza a recelar de él, lo que no deja de incomodarlo.  La presencia de esta mujer, llena de un poder de observación y voluntad que toma lo mejor de las otras dos féminas, a las que se enfrentó el vampiro en los capítulos anteriores, ayuda a definir mejor el valor de la fraternidad en nuestras vidas…Y que, por fin, aunque no lo quiera Weyland, descubre que incluso él puede llegar a ser importante para otras personas (algo que en todo caso, se estaba dando desde la segunda parte del volumen).
      Teniendo en cuenta la ideología liberal de la autora en términos sexuales, en esta última parte queda aún más de manifiesto su posición al respecto, al abordar de manera muy normal las relaciones amorosas lésbicas.  Debemos tener presente, además, que este libro data de 1980, época que si bien no es tan lejana en el tiempo, no era frecuente en abordar de esta forma el erotismo en su narrativa…y sin embargo la literatura de vampiros, desde hace rato ya que estaba ahondando en tales temas (antes ya habíamos estado frente a la homosexualidad masculina en otra parte de esta obra, sin embargo ello o bien fue visto de manera muy escueta o tomó más bien un carácter bizarro).

     “—Irv ha estado un poco preocupado últimamente —dijo de mala gana—. ¿Sabe de algún problema en particular que…? Ella meneó la cabeza.
      —Nada de lo que tenga ganas de hablar —replicó.
      Volvió a acercarse a él cuando llegaban al final de la pendiente que nacía en el patio de la iglesia y tomaron por el camino de tierra que llevaba hasta las calles que había detrás de la plaza. El tambor seguía sonando. Caminaron en silencio durante algunos instantes.
      —Incluso estando tan lejos de la plaza se puede sentir cómo el redoble del tambor hace que la tierra vibre bajo las suelas, ¿verdad? —dijo ella por fin —. El latido de un corazón comunal… Pero ese corazón no late para usted, ¿no es así profesor?
      —No más que para cualquier persona que no sea de raza india — replicó Weyland sin inmutarse. Estaba casi seguro de que en su observación no había nada que debiera preocuparle.
      —Usted no es «cualquier persona que no sea de raza india» —dijo ella—. Si continuara pintando le haría un retrato.
      —¿Era pintora? —le preguntó. Las aspas de un molino se alzaban ante ellos, girando, recortadas contra el cielo. Weyland contempló el molino, deseando que estuvieran sentados y hablando en vez de caminar, pues así le resultaría más fácil mirarla a la cara—. ¿Por qué lo dejó?
      —Para intentar otra cosa: dibujar con mi ojo, siguiendo los contornos y perfiles del tema milímetro a milímetro, sin saltarme nada. Cuando has hecho eso, el tema queda fijado en tu memoria de una forma que no puede conseguirse si trasladas una imagen mental al papel o al lienzo.”

jueves, 5 de octubre de 2017

Recordando a mi papá.

Vacaciones del verano de 1981 en Pichilemu.  En la playa con mi papá
y mis hermanas Jenny (la menor) y Mabel (la mayor).

     Ayer se cumplieron 15 años desde el fallecimiento de mi padre y creo, que más que nunca lo he tenido presente en mi memoria en mi corazón durante estas fechas.  No puedo olvidar el momento en que se fue de este mundo, pues yo mismo estaba a su lado aquella ocasión.  Ya he contado parte de cómo fue todo esto, así que no lo voy a repetir por estos lares, pues en realidad lo que quiero hacer a través de este escrito es recordarlo no con pena, que luego de tanto tiempo eso ha pasado a ser otra cosa: la certeza de que pocas personas me han amado como él lo hizo y por ello no puedo dejar de estarle agradecido. 
      No es la primera vez en que me refiero directamente a mi historia personal con él en este blog, sin embargo, sí nunca antes le había dedicado una entrada en su aniversario (de nacimiento o muerte).  Y creo que es una buena oportunidad para compartir con ustedes algunas de mis memorias al respecto:

      De niño me gustaba ir a comprar con él a Estación Central, una comuna que está al lado de aquella en la que vivíamos juntos, famosa por su rico comercio y donde acudía 6 días a la semana a buscar aquello que le faltara para su bazar (que tenía en nuestra misma casa).  Me estoy refiriendo a una época en la que mi papá era uno de mis mayores referentes, así que disfrutaba mucho de estar a su lado, razón por la cual tiempo que tenía libre lo ocupaba para salir juntos.  Además, prácticamente estas eran la mayor parte de los viajes que hacía a su lado, que como muchos comerciantes pasaba casi siempre dedicado a su negocio, la fuente con la que mantenía a toda su familia.  Me encantaba mirar las vitrinas de las jugueterías y fantaseaba con tener todas las figuritas de colección de las series que veía (en especial He-Man y Transformers); así que desde entonces que llevo dentro de mí el bichito del comprador impulsivo. Como no conocía otras maneras de divertirme junto a él (bueno, aparte de ver juntos tele en el mismo negocio, con mi mamá a nuestro lado), con solo esto era feliz…Al menos durante buenos años fue así de sencillo todo, que creo me duró hasta pasada mi primera década de vida (entre los 12 y los 13).
     Cuando no podía ir con él, por lo general debido a que sus salidas calzaban justo cuando yo estaba en el colegio, me iba a buscarlo a la esquina de la casa, justo donde estaba el paradero de la locomoción colectiva y así me venía con él hasta el hogar ayudándole a traer las bolsas de las compras, cuyo peso me podía.  A veces cada uno llevaba un extremo del paquete, para ayudarnos mutuamente en el trayecto.  Pero para ser sinceros, no solo el amor por mi papá me llevaba a ello, sino que había también interés de por medio: Cuando salíamos siempre me compraba alguna cosa rica para comer (golosinas, por supuesto), o alguna chuchería para mi colección (algo barato, aunque en mi mentalidad infantil me hacía sentirme feliz), así que la verdad es que iba en post de mi dosis de regaloneo material. “¿Qué me trajiste?” le preguntaba ilusionado.  Si su respuesta era lo que esperaba, con toda la “gentileza” del mundo lo ayudaba con la carga…Y sin no me había concedido mis deseos, me enojaba y lo dejaba donde estaba viniéndome molesto por su “ingratitud” (ahora es mi regalón Amilcar quién siempre me pregunta qué le traje).
      Siendo que era el único de sus hijos que le había tomado amor a la lectura, vez que me daban a leer un libro en el colegio, mi papá me los compraba.  Recorría todo San Diego (un famoso sector de la ciudad dedicado a la venta de literatura), buscando cada uno de esos títulos.  Para mí, ya más grande, hecho un adolescente, era una tremenda alegría llegar a casa o esperarlo a que volviera de sus andanzas, para tener entre mis manos una nueva perla de la literatura…Era el primer mes de clases, en marzo, cuando recién estaba cursando el tercero medio (lo que en otros países le llaman tercero de secundaria, creo) y lo acompañé esa vez a conseguirnos nada menos que Los Altísimos de Hugo Correa, obra cumbre de la ciencia ficción chilena y latinoamericana.  En mi ignorancia nada sabía sobre ese título aún y mucho menos de su autor.  La novela estaba discontinuada y nos costó hallarla entre los distintos locales que visitamos, hasta que llegamos a una galería donde había muchas tiendas de textos usados…Y entonces lo encontramos.  Era una vieja edición, que se alejaba por completo de mi idea de la presentación de una obra del género, sin ninguna ilustración y más encima amarillenta.  Si no me equivoco costó $3.500, en ese ya lejano 1992, lo que era una suma considerable en aquellos años.  Mi papá estaba satisfecho de cumplir con sus deberes de buen padre…y yo en cambio me quedé enojado, porque no me gustaba la idea de tener una “versión vieja y fea”.  En la casa, tal cual un niño chico, me dio una pataleta y me puse a discutir con él cegado por mi estupidez y egoísmo.  Un día, ya adulto, recordé que incluso llegué a tirarle el libro y le dije que no quería esa cochinada…Y sentí una tremenda vergüenza por ello.  La memoria me falla, sin embargo, sí recuerdo a mi papá entregándome el volumen arreglado por sus manos, que se le había salido la tapa debido a mi violencia y él la pegó con su habilidad y dedicación, para que su hijo para que lo leyera igual.  No pude dejar de conmoverme y me puse de inmediato a la labor de adentrarme en sus páginas, gozándolo con un enorme orgullo, por saber que estaba leyendo a todo un maestro de la ciencia ficción que era compatriota mío.  Tiempo después me enteré de que se trataba nada menos que de la primera edición de ese clásico, así que era dueño (y lo sigo siendo), de todo un documento histórico…Y ese era uno de los tesoros que me había concedido mi papito.
      Uno de los grandes sueños de mi papá fue que al menos uno de sus hijos entrara a la universidad, que fuese un profesional.  Pues como es sabido, los padres proyectan en sus hijos las aspiraciones que en su momento ellos no pudieron concretar y como siempre esperan lo mejor para su descendencia; si uno de sus vástagos llega a acercarse (o sobrepasar) la idea de plenitud que tienen, ello los hace dichosos como pocas cosas en el mundo.  No obstante, ninguno de mis hermanos quiso seguir ese rumbo (así como ponerle a alguno de sus pequeños su particular nombre: Eleuterio), tan solo yo estimulado por varias razones, llegó a ello.  Cuando quedé aceptado en una universidad estatal (la UMCE, más conocida popularmente como Pedagógico, en tiempos en los que las casas de estudios superiores eran un lujo que solo los más pudientes podían darse) mi “taita” no daba más de felicidad.  Era el mes de febrero (¿o aún era enero?) de 1994 y en marzo me tocaba entrar a mi primer año en la carrera de Filosofía (que al año después, menos mal, me cambié a Castellano), cuando un día mi papá me dijo que lo acompañara a hacer sus compras para el negocio.  Lo que yo no sabía, era que me tenía deparada una sorpresa: me llevó a una multitienda para que le pidiera una suma considerable en ropa a mi gusto (por lo general a mi hermana menor Jenny y a mí, solo nos regalaban vestimenta en dos ocasiones al año: en vísperas de Fiestas Patrias, en septiembre, y para Navidad). 
        La noche previa a mi primer día de clases, dormí como un lirón, en cambio mi papá apenas pudo pegar el ojo y ese lunes se levantó aún más temprano que de costumbre para abrir la tienda…y desearme una buena jornada.  Me había dicho que quería ir a dejarme a la universidad, a lo que le contesté que no era necesario, pues ya no era un niño (y claro, aún con 18 años de edad, tenía la mentalidad de un adolescente, al que le faltaba mucho mundo).  No obstante, sí había ido conmigo a matricularme y se río mucho cuando un grupo de hermosas señoritas, me pintaron la cara como recepción jocosa por ser mechón (alumno nuevo). 
        La vida le alcanzó para verme titulado, aunque no fue a mi examen de grado, que se habría aburrido como una ostra.  Nunca fui a la ceremonia de entrega de diplomas, que no estaba dispuesto a pagar por ello, así que tampoco pudo estar en ello (no voy a caer en el sentimentalismo “barato”, de decir que si hubiese sabido que al año siguiente moriría, habría gastado esa plata, ya que no vale la pena amargarse por lo que no fue).  Y, no obstante, el último de mis cumpleaños en los que estuvo presente, cuando supo que venían unos colegas míos, se sintió tan contento, que desde su cama quiso conocerlos, para compartir de esa manera mis comienzos como profesor. 

El día de mi confirmación (1993), junto a mis papás y Pato, mi padrino
(de quien pocos años después nunca más volví a saber).

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